3/12/14

PUEDEN GANAR


Tras años de letargo bloguero volvemos para hablar de Podemos. Porque somos unos oportunistas; pero es que eso es cosa buena si no serlo significa estar ahí, pasmado, constante, fiel… solo por serlo. La oportunidad que movilizan nuestros dígitos, hoy, la pintan las encuestas, sus gráficos de barras perturbadoras que anuncian una sola cosa: Podemos puede ganar.
Por eso nos interesa Podemos, porque puede ganar. Lejos de sesudos análisis, lejos de aficionarnos a fórmulas reveladas que dilucidan el sentido revolucionario o socialdemócrata de una estructura política (de una concreta partición de la polis), lo interesante, a día de hoy, es delimitar un espacio de incertidumbre que puede tener transcendencia institucional, vale decir, transcendencia social a través del derecho existente. Y que este espacio de incertidumbre exista es, de suyo, revolucionario; porque lo revolucionario es ese elemento que se queda sin función en la estructura y blablabla…
En realidad, no nos interesan las masturbaciones intelectuales sobre la forma acabada que debe tomar una organización para canalizar el deseo multitudinario. O, aupados a un estilo romántico decimonónico mucho más demodé, no nos interesa elucubrar sobre cómo debe ser el Partido en tanto que vanguardia del Pueblo (aficionarse a Trostky o a Stalin, al fin y al cabo, siempre fue una opción estética en torno a ‘solo bigote’ o ‘bigote y perilla’). Los teóricos del arte resuelven mejor estas cuestiones que, como se sabe, no se resuelven. Más aún, lo paradójicamente seductor de Podemos radica en que su forma, su estética, su expresión como diseño vectorizador del deseo, es extremadamente cutre. ¿Podemos? ¿Qué nombre es ese? Y el morado ese tirando a lila… aggghhh… Uno imagina la reunión fundadora como imagina a cuatro amigos que montan una banda de música; y nos encanta pensar en ellos como pequeños aprendices de Lenin inventando el pop, escribiendo esas letras facilonas que al más jevi le sacan una sonrisilla porque reivindican la infancia, esos años. Lo importante es que acertaron. No se llamaron Poder Multitudinario ni Partido de Todos; qué sé yo, expresiones que intentasen definir o denotar una estructura de canalización de mayorías. No, se apelaron con una expresión vacía que atesora toda la carga de profundidad de su objetivo primero: ganar las instituciones.
En realidad, nadie puede aficionarse demasiado a Podemos; es una marca tan insustancial, tan naif, que en cuanto echemos la vista atrás nos preguntaremos cómo pudimos votarles… Y por si alguien se aficionase demasiado, lo hábil sería que Podemos propusiera su propia fecha de defunción. Que sus líderes se vendieran como mártires políticos aun antes de ser políticos. Que se concedieran un par de legislaturas para hacer la revolución (porque es ahora o no es) y que prometieran su desaparición para después de una –fatal o virtuosa– reestructuración radical de nuestra trabazón jurídica. Porque Podemos representa la colisión entre el movimiento inédito del 15M y las instituciones catalizadoras del demos. Recogeremos los trocitos cuando la nube de polvo desaparezca.
En este escenario, lo sugerente es que sobrevuela una opción en la que caben, como vemos por el baile programático, medidas espasmódicas, viscerales, desorbitadas algunas. Ahí está su virtud, en su descontrol (los círculos son escupideras donde todo se vierte, donde se teoriza en espiral hasta abandonar el perímetro y dejar de prestar atención, pura entropía). Sobre esta heterogeneidad se cierne, de nuevo, el molde clasificatorio de la intelectualidad: esto es una traición reformista, aquello es un exceso irreal que quita votos... Bienaventurados los que proyectan el sentido social de una acción hasta calcular su afectación real al Reino del Comunismo, porque ellos se harán ricos en las casas de apuestas. Los demás, los pobres, creemos que en el espectro de acción social que se está gestando en torno a la marca Podemos, convenientemente tecnificado, caben modificaciones de calado en la política fiscal y de redistribución de rentas, en las garantías administrativas de prestación de servicios, en la política criminal, en la continuidad de los automatismos civiles, mercantiles o laborales e incluso en la reconstitución del marco habilitador general de la política. Y todo eso, sedimentado, aumenta el tamaño y peso de lo social, redimensiona la existencia jurídica de lo social; y esa prueba de carga está por hacer. La redefinición del tejido jurídico que se asoma solo podrá valorarse a posteriori.
Si en unos años, tras un par de legislaturas en el poder, a Pablo Iglesias se le platean las sienes y sesea con gracejo sevillano, será porque, socialdemocráticamente, habrá alcanzado una nueva fase de la pax capitalista en España. Le odiaremos, como se odia a Don Tancredi, pero sus reformas postkeynesianas nos habrán introducido en una nueva dimensión de la recurrencia capitalista, probablemente mucho más apostada a una compleja dialéctica financiera o caos sin posibilidad de síntesis que dará una nueva medida del difuso enemigo global (y atrás quedará el capitalismo de amiguetes, snif). Si en unos años Pablo Iglesias no puede cruzar los Pirineos porque Bruselas ha colocado concertinas, tal vez sea porque los círculos, o sus ensoñaciones revolucionarias complutenses, se le fueron de las manos y las medidas que propuso no reactivaron el ciclo del capital, sino que lo encasquetaron definitivamente en este país de peseta depreciada. Sea uno u otro, lo cierto es que los caminos de la dialéctica de la naturaleza son inescrutables: estimulamos y percibimos cambios, pero no sabemos con certeza en qué segmento del metarrelato estamos (tal vez porque no estemos y nos tengamos que reír de Engels). Al fin y al cabo, la lucha obrera –esa referencia– fue un modo de pacificar el mundo capitalista. Pero eso lo sabemos ahora; y aun así volveríamos a luchar, por amor propio y por si los historiadores nos hubieren mentido (ay, usar el futuro perfecto del subjuntivo es siempre un desafío a la realidad).
Porque en una sociedad de control y computerización de la acción social, lo revolucionario es crear espacios de incertidumbre. Y Podemos lo es (al menos a estas horas). Después de todo son frikis y, ya se sabe, los monstruos son esas realidades que, a fuerza de absorber los males de otros, emergen como violencia descontrolada de la imaginación. Podemos es la oportunidad, aquí y ahora, de asumir la incertidumbre, de vivirla, de probar la insuficiencia de los medidores, esos que nos comunican que debemos tener miedo. Nada menos, aunque tampoco nada más.
Así es, o así puede ser. No nos fiamos de esos tipos que ni son castizos ni europeos, pero que, como dijo Michael Corleone en la Habana, pueden ganar. Y eso les hace extremadamente interesantes. Eso nos hace, por fin, extremadamente interesantes...


10/6/12

Y LUTERO NOS RESCATÓ

Hay quienes piensan que, por fin, ha germinado la ética fraternal entre los hijos de Lutero, esos que están dispuestos a dejarnos 100000 millones de euros… y sin embargo no. El rescate de España aboceta un nuevo horizonte autodestructivo articulado en tres intensidades:
1ª) Control de las soberanías financieras disolutas: Las Comunidades Autónomas, ebrias de capitalismo, habían desarrollado un modo especulativo cajahorrista y provinciano que pasaba por la generación de riqueza cortoplacista e inmobiliaria a toda costa, en torno a clientelas paisanas, sin diversificación de negocios. Los desajustes causados fueron tales que este nivel de aparente riqueza solo se podía sufragar en una ficción presupuestaria que desestabilizaba el orden financiero europeo. Eso se acabó, porque vosotros, católicos que jugáis a ser autónomos –dicen los bárbaros– nunca habéis sabido especular utilitariamente. Parece razonable.
2ª) Gobernanza mediante la deuda: Nos dejan el dinero para tapar ese agujero y dicen que no hay condiciones para la gobernanza de España más allá de lo estrictamente financiero. El ejercicio de poder transpirenaico sobre los españoles, por tanto, no será vertical, sino que se inoculará de modo más fino en el funcionamiento lógico de la soberanía financiera propia: los intereses derivados del préstamo serán computados como deuda soberana, de tal modo que, para seguir cumpliendo los objetivos de déficit, deberá presupuestarse menos en otras áreas. No hacen falta hombres de negro. Seremos nuestros propios hombres de negro para nosotros mismos. Un poco menos razonable.
3ª) Inhabilitación del Estado: Desactivan el sistema financiero de las CCAA, correcto, controlan el territorio mediante el déficit, está bien, pero, sobre todo, lo que trasluce en último término de esta crisis en Europa es que, definitivamente, el Estado ya nunca podrá gastar más de lo que tiene. En otras palabras, el Estado no podrá endeudarse, no podrá invertir, de tal modo que, técnicamente, el Estado keynesiano que conocíamos pasa a ser, por fin, un sujeto inhábil para cualquier actividad económica, ya que cualquier otro sujeto con capacidad de endeudamiento ofrecerá, en un sistema de flujo de capitales vertiginoso, mejores servicios. Lutero nos ha hecho, por fin, verdaderamente autónomos: el Estado es para los débiles de espíritu, así que queda certificada la defunción de la razón colectiva.

El rescate de España parece marcar el principio del fin de la crisis económica iniciada en 2008. La clase media que estos últimos años ha jugado a la Revolución respira más tranquila, ya que sus ahorros están garantizados… lo que les importa menos es que ya nada volverá a ser lo mismo. La restructuración operada nos sumerge en un nivel desconocido del circuito capitalista, un nivel en el que parte de esa clase media que nunca apostó por salir de este proyecto europeo serán parias. Tal vez, entonces, jueguen a la Revolución con algo más de fe.

3/6/12

LA FÁBULA EUROPEA DEL ENDEUDAMIENTO


Esopo elogió la conveniencia del ahorro en su famosa fábula, proyectando esa virtud en una hormiga que acumula el fruto de su trabajo durante el verano para así dar esquinazo a las durezas del invierno. Lo que fue velado es que el fabulador tracio elogió también otro tipo de virtud; y es que cuando la cigarra se vio sin recursos en invierno, la hormiga comprendió que lo ahorrado debía compartirse.
La bárbara versión moderna de esta fábula evita un final tan razonablemente helénico y, reconstruida sobre las bases individualistas de  la modernidad, introduce una variante nada marginal –aunque de raigambre marginalista, esa escuela económica que raptó a Europa– en la que la cigarra debe asumir las consecuencias de sus ligerezas y arreglárselas sin la caridad de la hormiga.
Como la ética de los tiempos la marcan las fábulas, las cigarras, desde esta última versión, debieron decidir entre ahorrar como una hormiga o –y esta segunda opción nunca pudo imaginarla Esopo– endeudarse hasta las cejas para comprar los medios y las técnicas con los que las hormigas obtienen sus frutos. Es así como las hormigas, sin que medie caridad, siguen manteniendo a las cigarras y, además, pagan las deudas contraídas por estas. ¿Ingenioso, verdad?
Esta es, como todo el mundo sabe, la lógica del capital: endeudarse en la dirección acertada para tomar ventaja frente al resto. Y es que el progreso, el crecimiento o la creación de riqueza es, a fin de cuentas, una huida hacia delante en la que un individuo, una empresa o un Estado se endeudan virtuosamente para que, en un determinado plazo, les deban más dinero del que ellos deben. El problema es que, aunque queramos sacudirnos esta lógica de encima, no podemos, ya que cruza nuestros cuerpos tan intensamente que trasciende voluntades: no solo operaba esta lógica en aquel aciago momento en el que compramos el coche o el piso, sino que opera cuando una empresa nos da o nos quita trabajo, o cuando el Estado sube o baja nuestras pensiones, invierte o desinvierte en sanidad... Nuestras vidas se mueven al son que marca la virtud del endeudamiento; el individual, el empresarial o el público.
Hay crédulos que insisten en describir el progreso como una sedimentación de derechos subjetivos, como el resultado lineal de la voluntad empecinada de lo humano. Hay quien comprende, sin embargo, que todos esos derechos son el resultado de deudas cruzadas, deudas entre individuos, empresas y Estados que habilitan estatutos concretos (sin perjuicio de la lucha que por ellos libraron los interesados, pero en las coordenadas de lo que posibilitaba lo adeudado, como saben nuestros colonizados).
Esta es la lógica descriptiva de nuestra historia que parece eclosionar estos días de prima de riesgo y endeudamiento desmedido. Son los días en los que los humanistas insisten en que nuestros derechos no se negocian. No entienden que nuestros derechos siempre han sido un negocio tras otro. Cuando los obtenemos, dicen, es el fruto de nuestra férrea voluntad. Cuando nos los quitan, se lamentan, es culpa de especuladores y cigarras que reclaman sus deudas. En realidad, obtenidos o perdidos, nuestros derechos son el resultado de lo que pagamos y lo que nos pagan. Son las mercancías a las que tenemos acceso.
Ya sospechábamos que los griegos, los portugueses, los italianos o los españoles –esos residuos de civilizaciones clásicas– eran gente inadaptada para el negocio del endeudamiento, la amortización y la recursividad capitalista. Al fin y al cabo solo piensan en el prójimo próximo (sanidad, pensiones, enchufismo y, si acaso, alguna cadena de oro). Lo que sabemos ahora es que, cuando la cigarra europea ha hecho de nosotros hormigas ahorradoras que pagarán todo (deudas propias y ajenas), no hay ni una sola voz que, en lugar de pedir más crédito para seguir haciendo frente a los débitos, reconozca en el proyecto europeo el sadismo bárbaro que constantemente inventa deudas y exige responsabilidades. No hay ni una sola voz en nuestro páramo político que busque otro horizonte a la altura de la tradición racionalista, la de verdad, no la moderna.
Si todo va como se espera, alguien adelantará el dinero de nuestro endeudamiento poco virtuoso y nuestros políticos más humanistas volverán a pedir derechos subjetivos en un nuevo marco de lo posible, intentando generar situaciones ventajosas frente a otros en el largo invierno que se nos viene encima. Si, por esas casualidades de la historia, radicalizamos la crítica, tal vez podamos, de una vez por todas, renegar de la fábula del endeudamiento y trazar una tangente real a la circularidad del autodestructivo proyecto europeo. Eso sería, tras décadas de mascarada y dudosos sujetos revolucionarios, una decisión relevante y posible. Eso sería, después de mucho tiempo, política real.

25/4/12

POR FIN LAS COSAS ESTÁN MAL


Por fin las cosas están mal. Llevamos toda la vida esperando la revolución y, ahora que hay algún síntoma de su venida, nos dedicamos a exigir el mantenimiento de nuestros derechos subjetivos, cada uno el suyo: ésta es la lucha de clases que nos ha dejado el estado del bienestar. Y es que la racionalización del gasto, los recortes, son la certificación de que el proceso especulativo y recurrente del capital está encasquillándose –proceso especulativo ordenado durante unas décadas por el keynesianismo, ya saben, eso de enterrar dinero para luego pagar a otros por encontrarlo–. Fue esa especulación la que colmó nuestros cuerpos de derechos (derecho a manufacturar coches toda la vida, derecho a comprar luego el coche manufacturado, derecho a tener unas gafas nuevas…) y ahora que nos los quitan, señalamos con el dedo a quienes nos los concedieron con su especulación (porque aunque perdieron alguna que otra batalla de la plusvalía frente a la clase obrera y la Urss, al final ganaron la guerra); Sin embargo, ¿acaso esperaban que las contradicciones capitalistas no se llevaran por delante esa pléyade de derechos subjetivos de la clase media? ¿Acaso creían que la clase media era el sujeto revolucionario por el mero hecho de haber salido beneficiada de la lucha de clases el siglo pasado? El mejor tamiz para discernir, en este ajuste del crédito, al sujeto revolucionario del sujeto reaccionario es diferenciar a quienes exigen sus derechos cuando se los tocan y a quienes exigen una reinvención del derecho que vaya más allá de manufacturar, ser guapo y llevar gafas. La clase obrera ya no puede procurarse a sí misma una unidad de acción en el terreno postfordista. La unidad de acción, en este escenario, pasa, esencialmente, por una nueva estrategia de lucha que reinvente el carácter del derecho a exigir. Esperamos que, en esta labor, Miguel Bosé no sea el Lenin postmoderno:


23/4/12

ESPECULACIÓN, EMPLEO Y RACIONALIZACIÓN DEL GASTO

Si algún lector autocomplaciente ojea estas líneas a párpado medio bajado, mejor será que regrese a su ventana del diario Público, porque, como bien saben los visitantes habituales de este blog, no diremos aquí eso de que por culpa de los especuladores ahora sufrimos los recortes, y plim; sería una (im)postura demasiado  cómoda, una postura en la que poder quedarnos cerebralmente quietos, que es un estado profundamente reaccionario, casi tanto como movilizar los cuerpos sin ton ni son; ahí va, por tanto, una movilización cerebral:
Fíjense cómo el personal, ante la tesitura económica, compone sin miramientos un discurso popular en el que se reniega al unísono de la especulación y de los recortes. Y es que, encorsetados por los ajustes presupuestarios y la racionalización del gasto, el pueblo sigue indignado pidiendo empleo mientras señala con el dedo a cuatro tipos con sombrero de copa... Debe de haber algo en el aire que hace pensar al indignadismo en general (del sindicalismo, en concreto, ni hablamos) que el empleo es ese derecho natural que poseemos si todo está normal, de modo que, anormalmente, cuando los especuladores irrumpen y se quedan con el dinero, acaban con el empleo. Y en realidad se quedan con el dinero, sí, y acaban con el empleo, sí, pero ese empleo que crearon a golpe de especulación. Nuestros empleos, todos, son el fruto directo de mecanismos especulativos; solo nos pagan porque alguien (a veces el trabajador mismo si es autónomo, otras veces un tipo desde Wall Street) ha conseguido, espectralmente, hacer ver a un público determinado que necesita algo que solo él puede darle. Y solo en este juego de espejos, a veces, muy de vez en cuando, cobra sentido –y valor de cambio– poner tuercas, diseñar planos, impartir clases, jugar a fútbol o escribir un libro (o un blog).
¿Realmente hay ilusos que creen que el derecho laboral va a garantizar el desempeño de actividades tan rocambolescas y azarosas como las del homo-postmodernus? Sí, ilusos que creen que en el esfuerzo, en las competencias, en las aptitudes, en la formación, en el talento –per se– está la fuente de toda riqueza, como cree CR7 sin saber que la fuente de su riqueza es una enmarañada especulación que ha otorgado valor a su cuadríceps como se lo podía haber otorgado a mi inigualable meñique izquierdo, ¡maldita mi suerte!. El capitalismo de casino no radica solo en el universo inescrutable de las finanzas internacionales, sino que atraviesa cada una de nuestras apuestas de negocio, de nuestra puesta en venta como fuerza de trabajo.
Y, claro, si sobre este desequilibrio esencial de los empleos se cierne la racionalización del gasto, sucede que todos nos quedamos sin empleo, porque con el cinturón apretado pocos pueden convencer a nadie, ni siquiera al Estado, de la necesidad de consumir lo que ofertan. Solo hay riqueza de la nación, progreso y crecimiento cuando una población tiene fe (crédito, dirían los banqueros) en una determinada sinrazón económica, volcándose todos en el señuelo de turno (ya saben, como cuando Springfield creyó en el monorraíl... España creyó en la construcción, mientras Alemania o EEUU creyeron en la tecnología, que, por lo que se ve, tiene más recorrido, ya veremos cuánto).
De este modo, la contradicción anunciada toma la siguiente forma concreta: quienes piden empleo, piden –sin saberlo– más especulación; quienes reniegan de la especulación, reniegan –sin saberlo– de su empleo. Quienes piden estabilidad en el empleo, piden especulación ma non troppo, es decir, keynesianismo, esa cosa del siglo XX basada en la industria y sus empleos para toda la vida. Pero ni estamos en el siglo XX, ni hay industrias dispuestas a fabricar indefinidamente mercancías que no pueden colocar, así que, en este cambio de agujas, pueden adoptarse dos posturas: indignarse, brindar al sol desde las categorías keynesianas y gritar créditocrédito, o radicalizar la crítica, para lo cual, antes que nada, procede localizar las raíces, procede movilizarse mentalmente y asumir, como decía Jappè, el desencantamiento que nos atenaza y nos convierte en ridículos ciudadanos que lo mismo piden una cosa que la contraria, con el único objetivo de no ser molestados en su ciclo de rigidez mental, reivindicación de derecho subjetivo y dolce vita.



11/4/12

NO FUTURE

Entre las discusiones sobre cifras, recortes, asignaciones, contenciones e incontinencias, en toda la verborrea sobre los Presupuestos Generales del Estado, se desliza un cierto tono de obituario. Los Presupuestos, ese dispositivo que navega entre lo político, lo jurídico y lo económico fue, anualmente, la proclamación soberana de toda una racionalidad: una destreza de escuadra y cartabón sobre la riqueza de la nación, un cálculo de movimientos en el tablero de la economía política. Fue un álgebra del coste y el beneficio, de intervención y reconfiguración de lo social, atravesada por el dilema liberal de no gobernar demasiado, ni demasiado poco. Fue, en definitiva, una economía de la planificación portadora de toda una posse de autoconocimiento y medición –al margen del contenido de realidad de semejante posse–.

Decimos fue porque nuestra tesis –apresuradamente insustancial– afirma que los Presupuestos no son portadores ya de racionalidad económica alguna. Los Presupuestos han devenido, como casi todo lo demás, un instrumento de gestión del riesgo, un dispositivo más en la administración de la catástrofe. Más aún, su funcionalidad ha devenido puramente semiótica: ni siquiera un mensaje, tan sólo un signo, una señal, un indicio, que un agente económico llamado Reino de España –tan soberano como cualquier otro agente económico en el mercado mundial– lanza a la constelación de flujos de capitales a la espera, a su vez, de los recíprocos signos, señales, indicios, de que la cosa va por buen camino. Las discusiones materiales sobre partidas y atribuciones parecen casi un tedioso trámite, un entretenimiento en los significados, frente al auténtico valor significante del presupuesto-indicio.

Cuando el sistema económico sólo es capaz de reproducir el valor a través del crédito –es decir, mediante la anticipación de ganancias futuras previstas– el futuro suplanta al presente y la realidad se torna realmente virtual. Lo dicho, la lógica económica del coste-beneficio se diluye en la racionalidad de la prevención del riesgo, o más bien de la pura precaución: la decisión en un contexto de opaca incertidumbre. No nos extrañe sorprender a nuestra asamblea soberana, un día de estos, augurando en las entrañas de un pollo destripado sobre la tribuna del Congreso antes de votar la próxima medida legislativa.

4/4/12

LA PASIÓN COMUNISTA


Son de sobra conocidas las tesis de Weber sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo, que es esa extraña presencia que inoculó Lutero en las conciencias de los europeos y que hizo de ellos lectores de biblias traducidas a las lenguas vulgares; lectores capaces de enfrentarse directamente a dios (minúsculo) y a sus renglones torcidos; tan torcidos que degeneraron en garabatos sin trascendencia ninguna. En esta traslación de la normatividad divina al interior del individuo se gestó el deber ser, todo ese actuar en conciencia que, estirado hasta el nuevo concepto de comunidad (la nación y su riqueza) se transformó en esa ética laboral que todos sufrimos. La sublimación de esta lógica fue sancionada por las revoluciones ilustradas, que la naturalizaron  a golpe de laicismo, adjudicándose en exclusiva, como si fuera un descubrimiento científico, la razón que durante siglos, e incluso milenios, habían labrado filósofos griegos, juristas romanos y escolásticos españoles.
En este proceso, la Iglesia Católica fue resituada en la historia como una suerte de poder sectario tenebroso que impedía el progreso (ya saben, Galileo y esas cosas), progreso que, desembarazado de católicos, pactó con el capital el fin de la historia; tan invencibles se sentían progreso y capital, que tuvo que inventarse la Crítica, esos libros en los que Marx trató de anclar el progreso a la racionalidad socialista (ya vamos dando sentido al título). Así fue que el comunismo rescató aquello del género humano, que era una expresión muy en desuso desde la invención del individuo autónomo luterano. Y es que Marx, en el fondo, era judío y, como todos los judíos, profundamente antiluterano desde que el fraile loco invitara a quemar las sinagogas alemanas.
Católicos y comunistas, subrepticiamente emparentados (y, como buenos parientes, enfrentados) han renegado ambos, en tiempos distintos de su evolución, de la reforma luterana que guía el espíritu del capitalismo y, por tanto, del progreso desbocado sin referencias externas; ese progreso que busca valor en tanto que valor, más allá de ninguna necesidad objetiva. Católicos y comunistas asumen, en cierto modo, sendas revelaciones que fijan una ética racional de afección entre cuerpos –demostrada, por cierto, por otro judío, este más meridional– que trasluce en un cuerpo político horizontal. En este cuerpo político horizontal todos somos hermanos o, como dijo el Ché, compañeros, que es más importante. Y, a diferencia de la solidaridad coyuntural que surge, oportunista, entre individuos autónomos, la hermandad o la clase forman un solo cuerpo (omnes et singulatim): si le tocan a uno, nos tocan a todos.
Pero no solo. Porque católicos y comunistas también ordenan su lucha en modos similares: a través de cierta intelligentsia competente, formada y avanzada. Así es como el sacerdote intermedia entre el latín de las escrituras y la conciencia de los fieles; y así es como el Partido, vanguardia de la clase, interpreta la ciencia social sin necesidad de que el obrero acceda directamente a ella. Así es como el sacerdote impone la penitencia en el nombre de Dios; y así es como la organización comunista exige sacrificios en el nombre de la clase. Porque en la penitencia está la redención. Y si la penitencia del católico es el dolor que guía hasta la muerte, que es el fin de la vida (esa cosa sacralizada por los judíos e institucionalizada por la Iglesia tras la negociación de San Pablo con los rabinos), la penitencia del comunista es el dolor del trabajo (ganarás el pan con el sudor de tu frente), que vacía sus cuerpos a golpe de plusvalía. Lo sagrado son los cuerpos, sus vidas, sus relaciones, sus afecciones, su emancipación a través de lo colectivo, su independencia a través de las dependencias simétricas: el amor, en definitiva. El camino, sin embargo, es pura estrategia que pasa por el antagonismo de su meta, es decir, por el dolor, ese que Dios, a través de su Iglesia, como un Lenin sonriente, nos explica que debemos sufrir hasta que llegue la liberación final (el Reino de los Cielos, el Comunismo, aunque, mientras tanto, como dice Chávez, nos queda el Reino de Dios en la Tierra, el Socialismo). Porque solo sintiendo el dolor que siente el más desgraciado de la hermandad, de la clase, sucede la purificación que dignifica para la lucha.


Lo curioso es que las escenificaciones de estos dolores, que proceden de una misma episteme, se están solapando estos días en el Imperio. Una oportunidad única, como el paso de un cometa, para comparar en vivo la íntima relación entre católicos y comunistas, para constatar, a través de sus simbologías, que unos y otros están recorridos por la misma ética, aunque no lo sepan, aunque se crean contrarios; y es que unos y otros tratan de ejercer esa ética bajo el mismo modelo de acción: El 29M, día de la huelga general, asistimos al ritual en el que los penitentes, anónimos, enarbolaban el cartel de la hermandad a la que pertenecían, como en una procesión de Semana Santa –a diferencia de lo que ocurre con los idealistas del 15M, individuos autónomos encauzados completamente en la comunicación racional, interpersonal laica e ilustrada (esto último pretende ser una crítica, por cierto)–. El 29M, los obreros escenificaban su penitencia en tanto que trabajadores: no pedían dinero, mercancías o mejores cauces de participación política (como en el 15M o como en las revueltas de Londres el pasado año), sino que pedían trabajo, pedían generar plusvalía, pedían reificar sus cuerpos, pedían dolor, como el que se pide en una procesión para revivir la pasión del salvador. La imaginería recorre, igualmente, los mismos significados: la cruz es el símbolo del dolor previo a la muerte liberadora como la hoz y el martillo representan el sufrimiento de un cuerpo reificado que pronto se emancipará.


Suponemos que esta tesis, insustancial como pocas, incordiará tanto a comunistas como a católicos. Los unos porque no saben que, en realidad, están recorridos por la perspectiva y estrategia católicas, los otros porque no quieren enterarse de que su concepción del mundo les impide subirse al tren sin frenos de la autorreferencialidad europea, practicando, así, una suerte de comunismo velado (lo social es caridad) que torpedea el progreso capitalista. Y es que las competencias, las habilidades, la capacidad de emprendimiento, esas exuberancias del capitalismo tardío, son, para los católicos, un don de Dios, algo llegado de fuera que debe ponerse en común y que encaja sin fisuras con la máxima comunista: de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad: Mal negocio para Lutero y sus secuaces que, subidos al trono de Europa, nos tienen por indeseables PIGS católicos o por malditos cerdos comunistas.